El Tiempo en Los Realejos

sábado 20 de marzo de 2010

ARQUITECTURA CONTEXTUALIZADA Y SEMANA SANTA: LOS CALVARIOS EN LOS REALEJOS


  • Texto publicado en el Programa de la Semana Santa de Los Realejos del año 2007, y del que es autor David Martín López, miembro del Departamento de Historia del Arte de la Universidad de Granada.

Las manifestaciones religiosas de la Semana Santa en cualquier lugar cristiano desde la época moderna suelen te­ner siempre dos escenarios importantes: el templo y la calle, la interiorización y la exteriorización del culto-. De este modo, cualquier municipio o población sirve así como espacio arquitectónico y teatral para la recreación de los valores catequéticos de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo.

Esto, una cuestión que a priori resulta -incluso- lógica y anecdótica, no deja de tener una importancia inusitada en Canarias, y concretamente en Tenerife. Precisamente el Calvario responde a unas características históricas y cultu­rales, que lo hacen merecedor sí se quiere de ciertos resabios de vernaculídad. En verdad, tanto en poblaciones cana­rias, como en andaluzas y portuguesas, es Frecuente localizar estas peculiares producciones arquitectónica-religiosas, con escasos referentes en Castilla.

Así, el conjunto de un Calvario -su arquitectura y urba­nismo- se convierte en un escenario, que sí bien no se crea ex profeso para la ocasión, sí tiene como momento especial la Cuaresma, Semana Santa y, concretamente el Viernes Santo, algo que de manera importante acontece en Los Realejos, municipio que cuenta con cinco calvarios en su ex­tensa geografía.

El Dr. Gerardo Fuentes Pérez ha dejado numerosas reflexiones en torno al Calvario, como Fórmula arquitectónica y concepto religioso e idiosincrásico de muchos lugares de Canarias propio de la evolución de la piedad popular. Al respecto, considera que «dentro del aparato artístico de la Semana Santa nos encontramos con dos importantes manifestaciones: El Calvario y el Vía Crucis».

Las estaciones, partiendo de las parroquias de Santiago Apóstol o La Concepción, terminaban siempre en el Calvario, que, en los casos realejeros, no suelen situarse estrictamente sobre un promontorio debido a la complejidad orográfica de las dos poblaciones, cuestión que sí se apre­cia inicialmente en Icod de Los Vinos. No obstante, para subsanar dicha realidad, el Calvario se emplazaba en un pe­queño altozano seudoartificial -inicialmente tal vez un muro en el que se adosaban tres cruces, y con posterioridad constituyendo, un perímetro almenado como el de San Luís de Santa Úrsula-, que, en el caso de San Vicente, se adecen­taría con ajardinamientos, y, ya entrado el siglo XIX se crea una capilla. En esta se incorporaba el trotón triangular que dignificaba la capilla la palabra Gólgota, inscrita sobre una tanda.

El caso concreto del Calvario de San Vicente en Los Realejos, constituye junto el, de San Lázaro de La Laguna, y el de San Luís de santa Úrsula- uno de los ejemplos más interesantes de Calvarios existentes en Canarias, tanto por su emplazamiento en un altozano junto al Camino Real. Su origen, no obstante, se encuentra vinculado a al escribano Juan de Gordejuela, Regidor de Tenerife, nieto de uno de los conquistadores cercanos a Alonso Fernández de Lugo Jorge Grimón El Borgoñés. Este calvario nace con carácter privado aliado de la ermita de San Vicente, dentro de la finca del Regidor, con un muro apiramidado donde se encon­traban las tres cruces.

El Dr. Jiménez Fuentes señala que varías vecinos de Realejo de Abajo solicitaron en 1860 el arco de cantería de la fachada de la Venerable Orden Tercera de la población cenobio que se encontraba, ya desamortizado. Para ello se creó una comisión del Calvario. Sin embargo nunca se llega­ría a sustituir, siendo un arco de madera el que se ubicaría en el recinto.
Como se ha advertido en numerosas ocasiones dicha solución está en consonancia directa con las necesidades espirituales del Archipiélago, principalmente debido al auge de la comunidad franciscana, principal promotora del Vía Crucis en Canarias, a la que no es ajena especialmente el municipio de Los Realejos donde la importancia de los franciscanos se hace patente desde la fundación en 1601 del convento de Santa Lucía Mártir. Ya desde 1601 existía el deseo por parte de los beneficiados de las parroquias de los dos nú­cleos urbanos de Los Realejos de establecer entre ambos municipios -Realejo de Arriba, y Realejo de Abajo- un con­vento de franciscanos que supliera así ras necesidades espirituales de la feligresía local. El emplazamiento del convento tomaría como partida una ermita preexistente entre las dos poblaciones, la referida ermita de Santa Lucía Mártir.

El Calvario, por tanto, era parte Fundamental de las celebraciones religiosas que acostumbraban a realizar Vía Crucis peniténciales en el entramado urbano durante la Semana Santa, en muchas ocasiones a iniciativa de las comunidades franciscanas en el Valle de La Orotava, que desde un primer momento estuvieron atentos a los valores testimóniales de la pasión de Cristo. Para tal objeto necesitaban, normalmen­te, crear un lugar adecuado en las afueras de la población que, a modo de Gólgota particular y local, recordara al lugar de la muerte de Cristo.

Normalmente, en las Islas podemos encontramos varian­tes dentro de la misma topología. Calvarios dentro de los Ce­menterios construidos en el siglo XIX o anexos a ellos -es el caso de San Juan de la Rambla-, en los extremos de la po­blación -San Vicente en Los Realejos, San Isidro en La Orotava-, insertos en la misma, aunque cercanos al extrarradio -Puerto de la Cruz, TacoronteO bien, llegando, incluso, a ser un itinerario de Vía Crucis circular en torno a la pa­rroquia, de tal modo que la primera y la última estación se encuentran en las propias paredes exteriores laterales del templo -Tijarafe, Los Llanos de Aridane-.

El interesante testimonio gráfico de Alfred Diston, en una acuarela de la primera mitad del siglo XIX, pone de manifiesto la ubicación exacta del Calvario de la parroquia de Santiago Apóstol, situado junto a la ermita de San Benito Abad, en dirección a La Zamora -en la actual carretera general-. El Dr. Fuentes Pérez señala el carácter sencillo de esta topología, calvarlo externo con muro blanco en el que se adosan las tres cruces, hasta 1869, cuando se crea el recinto como capilla cerrada, rematada por un dintel curvo, apoya­do a una prominente moldura a modo de cornisa.

Estas experiencias de cerramientos clasicistas de am­bos calvarios podemos insertarlas en un movimiento estético se producía en Canarias con la llegada de Manuel de Oraá, quien estaba en 1858 también reformando un calva­rio, el de la ciudad de San Cristóbal de La Laguna. Como advertimos recientemente, las pequeñas revoluciones urba­nísticas de un edificio o recinto singular, como un calvario, suelen partir la individualidad del objeto arquitectónico des­contextualizado -sin comprender en demasía el entorno don­de se ubicará- para relacionarlo luego con su alrededor en absoluta armonía).

El hecho consciente de esta Fórmula aplicada a la singu­laridad -desde la época de Brunelleschí-, permite imprimir la coherencia al espacio que nos plantean calvarios históricos como el de San Vicente o San Benito. Sería en ese caso donde radica la genialidad y excepcionalidad de algunos de estos espacios. Aldo Rossi señala que la historia de la ar­quitectura se ha caracterizado por la individualidad de los he­chos urbanos, el valor del locus.

Desde 1860 hay constancia que se realizaba el Viernes Santo una función con sermón en el Calvario de San Vicen­te. De hecho, en esta capilla se encuentra la venerada imagen del Santo Cristo del Calvario. Dicha escultura tiene los brazos articulados para las celebraciones del Descendimiento, pues ha conservado junto; la techumbre el entramado de hierros por donde se hacía deslizar el sudario para la escenificación del Desenclavo y Descendimiento de Cristo.

El escenario sigue vivo cumpliendo las funciones inherentes al discurso constructivo al llegar a este emplazamiento cada Viernes Santo, puesto que en él se pronuncia el Sermón de las Siete Palabras, concluyendo el Vía Crucis penitenciar desde la parroquia de Nuestra Señora de La Concepción, acto en el que se acompaña al Cristo de la Redención.

Alfred Diston, Vicky Penfoldl o Francisco Bonnín Gue­rín han plasmado los calvarios en sus realizaciones pictóri­cas -Calvario del Realejo Alto, Calvario de Tacoronte y Calvario de San Vicente o Realejo Bajo respectivamente-, que junto a documentos topográficos y testimonios literarios como el de Olivia Stone Forman un amplio patrimonio cultu­ral.

La historia de sacros lugares como los Calvarios de Los Realejos nos hace pensar en la percepción del espacio sa­grado y su imbricación con el medio natural, en su el urbanismo primigenio, que lo dota de significado incluso toponímico hasta nuestros días. Estos lugares, en ocasiones, sobrepa­san como señala el Dr. Sorroche Cuerva, «las barreras de lo meramente local, para aspirar a convertirse en puntualizaciones ordenadoras del espacio a un nivel más extenso».

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